Mantenlo simple
A muchos jugadores jóvenes se les sobrecarga demasiado pronto. Se pretende que aprendan movimientos complejos y conceptos tácticos antes de que puedan pasar el balón con precisión. El resultado: niños que sufren constantemente con el control, la recepción y el pase; los llamados jugadores «débiles».
La solución está en los fundamentos. Consolida bien la base antes de dar el siguiente paso. Tómate todo el tiempo que sea necesario para que todos los jugadores puedan pasar con comodidad y precisión con ambos pies. Asegúrate de que sepan cómo proteger el balón y recibirlo con suavidad; solo entonces se introducen contenidos más complejos.
La repetición no está reñida con la diversión. Los ejercicios sencillos se pueden repetir a menudo, los principios se asimilan y los jugadores experimentan el éxito. Y es precisamente ese éxito lo que impulsa el desarrollo.
Motivar, motivar, motivar
Los niños que tienen dificultades lo saben ellos mismos. No necesitan que les recuerdes que no son tan buenos como sus compañeros. Lo que necesitan es reconocimiento.
El elogio discreto al esfuerzo, y no solo al rendimiento, hace maravillas. A veces, una palabra de reconocimiento basta para alegrarle el día a un niño y conseguir que lo intente con más ganas en la siguiente sesión de entrenamiento.
Pero el elogio debe ser auténtico. Los niños notan de inmediato si es merecido. Así que no exageres. Un reconocimiento sincero y concreto vale mucho más que alabanzas constantes y vacías.
Los jugadores tienen que jugar
Ningún jugador mejora si no tiene la oportunidad de aplicar sus habilidades el día del partido. Esta es una de las tareas más difíciles para los entrenadores, ya que el impulso natural suele ser dar la mayor cantidad de minutos a los mejores jugadores.
Pero quien deja a los niños «más débiles» en el banquillo semana tras semana no debería sorprenderse de que no progresen. Lo ideal es aplicar una norma de minutos equitativos: que todos jueguen un tiempo similar, independientemente del marcador.
No es fácil de mantener cuando pierdes partidos que podrías haber ganado. Exige una buena comunicación con los padres y, en ocasiones, tener temple. Pero sé sincero contigo mismo: si solo buscas el resultado, no estás teniendo en cuenta a todos los jugadores. En ese caso, es más honesto ser claro antes que dejar a los niños permanentemente en el banquillo.
Mejórate primero a ti mismo
La mejor formación empieza por el entrenador. Si quieres hacer progresar a tus jugadores, tienes que formarte tú primero. Observa a otros entrenadores: se aprende tanto al identificar y evitar errores como a partir de los buenos modelos. Lee, sigue formándote, asiste a cursos.
Y con la misma importancia: pide opiniones a los jugadores y a los padres y modifica tu metodología cuando sea necesario. Un entrenador que evoluciona hace evolucionar también a su equipo.
El éxito es relativo
Quizás la reflexión más importante para terminar: el éxito tiene un significado diferente para cada niño. Para un niño con dificultades de coordinación, dar un solo pase limpio ya es un éxito. Para un niño al que le cuesta relacionarse, el simple hecho de sentirse parte del grupo ya es un éxito.
Tienes en tus manos hacer que cada uno de tus jugadores se sienta especial, no solo los talentos innatos. Es una gran responsabilidad. Y una a la que deberíamos enfrentarnos una y otra vez como entrenadores.
Conclusión
Potenciarás a los jugadores con más dificultades a través de cuatro pilares: una base sólida, motivación sincera, minutos de juego justos y tu propia formación continua. El éxito es relativo, y cada niño merece la oportunidad de experimentarlo. Entrenar así no solo forma a mejores futbolistas, sino también a niños más felices.
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